mercoledì 24 gennaio 2007

* Castel Sant'Angelo (espanol & italiano)


Castel Sant'Angelo
(relato publicado en LECTURAS DOMINICALES de EL HERALDO de Barranquilla (Colombia) el 6 de febrero 2005).

Un relato 99% real...

"Yo te amé con gran delirio,
y pasión desenfrenada,
(...) y te olvidé, te olvidé, te olvidé!"


TOSCA
Érase una vez, no hace tanto tiempo, en una bellísima ciudad sobre el mar Caribe llamada Curramba, una sorprendente y encantadora pisinga de nombre Tosca que vivía feliz y contenta en las fronteras de la Tierra Caliente.
Transcurría sus días libre y despreocupada dentro del gigantesco Patio Cuadrado detrás de una casa igualmente gigante, casi infinita, llena de cuartos e inmigrantes napolitanos a los cuales de vez en cuando San Gennaro faceva u'miracolo y lloraban la muerte de Joselito Carnaval en febrero bailando el Garabato en el Contry-Clú; y armaban el presepe napolitano en diciembre y las cumbias y porros musicalizaban la casa todo el año; y la Pastiera se la devoraban en Semana Santa pero el arrocito con pollo era menú obligado todos los sábados en el almuerzo. Del cuello de todos ellos colgaba un cuernito de oro porque el maldiojo que traía todos los años la visita del tío Pasquale, sumado a los rezos hechos por Aminta -"haya" milenaria- al San antonio boca abajo, podían accarrear consecuencias trágicas. Cocinar en la misma olla la cultura de la telenovela con la cultura de la ópera resulta todo un sancocho.

Los días a Tosca se le pasaban paseando desde la Palma de Cera al naranjo que producía mini-bolitas enanas y ácidas, cruzando por las gardenias y las trinitarias moradas y concluyendo la vuelta en la gruta de la Virgen de María Auxiliadora, que era prácticamente el límite del Patio, garantizándole que no era tan infinito como a ella le parecía. Patio Cuadrado, como lo era también la Tierra Plana rodeada de dragones y monstruos marinos y la Piazza Buenos Aires en Roma.
Cuando menos se lo esperaba, Tosca medio infartaba por la aparición de Cavaligero, la morrocolla que dormía en las profundidades del Patio, arropada en el calorcito del fuego del Centro del Mundo.
"Mio amore lindo que me haces dar un yeyo cada vez que das una de estas apariciones allucinantes!" -exclamaba en perfecto italñolo la Tosca.
Y él, Cavaligero, ligero de equipaje y prejuicios, la observaba risueño con aquellos ojitos golosos y ese gesto acogedor que sólo los animales en vía de extinción adquieren cuando deciden dejarse llevar.
Ese sí que era un amor libre, basado en la confianza y el presente, como afirmarían los relativistas del tercer milenio: se encontraban cuando se debían encontrar y se dejaban en el momento en que mejor estaban. En la justa distancia se logra apreciar el verdadero mensaje, como un cuadro impresionista. La belleza, desde la lejanía.
Mientras estaban juntos él le contaba de sus fascinantes viajes por el Más Allá y ella le describía como transcurrían sus tardes dentro de la sala de los napolitanos mirando con ellos la tele con una pata apoyada al piso como un ancla y la otra doblada en el aire formando un ángulo de 90 grados. Evidentemente era el orgullo de la familia y Cuky, la perrita pekinés neura, se neurotizaba aun más porque no hay nada que produzca más neura que los celos. Tosca aprendía l'italiano con el noticiero que transmitía la RAI todas las noches: papá napolitano -con un gran sigaro toscano- sintonizaba en su radio el programa para los expatriados nostálgicos y ambos cerraban los ojos para dejarse acariciar por la brisa del mar y respirar a bocanadas la alegría de vivir...ahí. Misteriorsamente cuando era hora de irse a la cama en casa de los napolitanos, el noticiero italiano daba il "Buon giorno".

AMINTA
Aminta era todita redonda e su color era el de la Chocolatina Jet. Comía con las manos, armaba montañitas de arroz blanco e así se lo llevaba a la boca. Se encargaba de la limpieza de la casa de los napolitanos durante el día pero a las 7:00 de la noche desaparecía misteriosamente camuflada por el color del Cielo y reaparecía toda contenta y entonces ponía la mesa para cenar: milanesa frita en aceite de coco con arroz blanco floriado y platanito maduro. Mamá napolitana le había enseñado a hacer la caponata de berenjenas y pimentones y todos dejaban los platos como lavados, recogiendo la salsita con bollo de maíz. Un sorbete de papaya, corozo o níspero acompañaban el menú. Con mucho hielo. A papá napolitano se le paraban los últimos tres pelos que tenía en la cabeza y le gritaba que il dolce jamás se mezclaba con il salato, ni el Trópico con la Bota, ni el negro con el blanco, pero para entonces ya era muy tarde porque los hijos napolitanos ya se estaban chupando los dedos con el platanito.
Todos sabían que Aminta tenía un amigovio chofer de bú que se llamaba Alfredo, también él color Chocolatina Jet, y que pasaba con el bus lleno de la gente que se devolvía del trabajo a su casa que debía esperar a que ellos 2 se saludaran. Esas personas dentro del bú tenían entonces que esperar sus 45 románticos minutos mientras Aminta y Alfredo se miraban con ojitos golosos y se reconfirmaban sus votos de amor y fidelidad. Todos saludaba a Aminta cuando se bajaba toda radiante materializándonse en mujer de Cielo y entraba a la casa de los patrones extranjeros a preparar la cena.
En ese momento se escuchaba también la moto roja de Mark, el gringo, que parqueaba en su garaje, la de la familia de los gringos. Siempre bajaba de ella como una gacela desenganchándose con su garfio derecho del manubrio y entonces silvaba canciones de los Beatles. Cuenta la leyenda que cuando era chiquito, en Navidad, un petardo de esos bien peligrosos le bajaba la mano pero a él le dio más o menos lo mismo y la vida se la siguió devorando a mordiscos.
Una de las hijas menores de los napolitanos, Gina -llamada así en honor de la Lollobrigida- lo espiaba a las 7:00 de todas las noches desde su ventana y sus pensamientos volaban encima de una moto roja con garfio y gringo a bordo.

TOSCA
Cuando la morrocolla hacía sus apariciones repentinas pero continuas en el Mundo Cuadrado y plano de Tosca, escarbaba un pequeño hueco de tierra en forma de útero y pariéndose mil veces sacaba su cabeza con los ojos cerrados y la boca sonriente con aquellos ojitos golosos y ese gesto acogedor que sólo los animales en vía de extinción adquieren cuando deciden dejarse llevar.
Con una bocanada de aire, Cavaligero se integraba al Nuevo Mundo y muy, pero muy, extremadamente despacito salía del hueco.
“Chi va piano
va lontano,
…e a volte arriva sano!”
Después de haber saludado a la espectacular pisinga, se encaminaba a ritmo todo suyo al Patio de Ropas donde Aminta lo esperaba siempre con un guineo chiquito sin concha, provocativo y madurito, y se lo devoraba esta vez muy rápido antes que los gusanos verdes-peludos del árbol de guanábana de allado se lo pudieran quitar. Tosca y Cavaligero estaban juntos desde hacía una cantidad de tiempo, casi como Aminta y Alfredo, y entonces ya todos los consideraban pareja estable y no se permitían corretearlos. Al menos así le contaban a Tosca las Bailarinas Naranjas de la gruta de la Vírgen de María Auxiliadora que todo lo sabían y lo que no sabían se lo inventaban. Este era un don conferido por el dios de los mulatos ,Momo, a las personas bautizadas en las sagradas aguas caráibicas. Al final no era más que una mezcla entre genética y herencia.

VALERIA
"Quando sei qui con me
questa stanza non ha piú pareti
ma alberi, alberi infiniti.
Quando sei qui vicino a me
questo soffitto viola non esiste piú,
io vedo il cielo sopra noi che restiamo qui,
abbandonati come se non ci fosse piú niente al mondo”.
(Gino Paoli)
La hija primogénita de los napolitanos se había casado hacía 4 años con el hijo de otros napolitanos, inmigrantes también ellos y entonces los napolitanos se habían vuelto cummari y cumpari de esos que jugaban juntos a Burraco y Canasta, organizaban torneos de bocce y fundaban clubes de italianos entre los expatriados. Los dos muchachos se habían enamorado durante los preparativos de una comparsa para el Carnaval de Curramba: él interpretaba un Emperador barítono de esos que hacen perder la cabeza por su belleza, y ella era la diosa más diosa de las diosas: Minerva. Diosa de artesanos, artistas y hombres de letras. El Pantheón respirava. Y entre el húmedo tropical, las trinitarias, las sandalias y los centuriones, y uno que otro Whisky-CocaCola-hielo, ella y él construían una Little Italy en el Trópico, un trisito más arriba de la línea que divide en dos partes al Mundo. Por poco, a mamá Minerva le tocó parir a su hija junto a las aguas del Castillo de Santa Bárbara, cuadrado él, como no todos los castillos. Esa mañana había tenido ganas de respirar brisa de mar y cuando llegaron las otras aguas, el tío Ángel corrió como un loco para hacerla llegar donde el doctor Parias. Y así irrumpió Valeria: 2 años y medio, la "ametralladora" según la abuela, que escribía por todos lados como un mantra la palabra "Ley". ¡La familia y vecinos creían que era una niña genio, ignorantes que los papás la habían dejado encerrada en el carro sudando por dos horas mientras hacían sus compras en el "Ley" y ella se concentraba en un punto fijo para no enloquecerse, haciendo de la palabra un mandala! ¡ "Ley, Ley, Ley" y su mamá soñó por muchos años que tendría una hija abogado! La pasión de Valeria eran los misterios inmortalizados en la Enciclopedia Monitor y pasaba horas y horas hipnotizándose con la foto de un castillo redondo similar al ponqué de matrimonio de la tía Dina con el tío Dino, con un puente allado donde vivían unos ángeles y un río lleno de agua Eterna. El papá de Valeria la dejaba todas las tardes en casa de los abuelos napolitanos maternos. Ella hacía el paseo de las dos cuadras en el Plymouth modelo 1948 siempre de pie para no perderse de nada y no había fuerza humana que la hiciera sentarse. Aminta al recibía muy sonriente en la terraza y la pobre Cuky, maluca como una gallina matada a escobazos porque entre uno más odia y más se pone maluco, desarrollara doblemente unos celos patológicos. Una noche, aprovechando el ruido de la moto roja de Mark el gringo, Cuky le mandó un mordisco bestial a Valeria. Menos mal la niña estaba protegida por los zapaticos rojos de cuadritos Croydon y entonces el mordisco le supo a caucho a la pekinés neura. Pero las cartas se habían jugado ese día...

VALERIA, AMINTA Y TOSCA
Valeria adoraba a Aminta y Aminta a Valeria. Apenas la niña aprendió a caminar, la haya la hacía encaramarse sobre sus pies transmitiéndole el más profundo de los misterios: el ritmo mulato. Un piecito sobre un piezote y el otro piecito sobre el otro piezote. ¡Azúcarrr! Se querían tanto, al punto de compartir dos de los más preciados tesoros de la segunda: su tenedor natural y así Valeria comía de la mano Chocolate Sol de Aminta su comida, y Alfredo, encaramándose también ella a las 7:00 de la noche en el "bú" y saludaba al chofer. Era la única que sabía de verdá-verdá el contenido de las conversaciones entre Alfredo y Aminta y así, cuando Farid, su novio de tres años y medio de la casa de los turcos le chiflaba desde su Patio de Ropa, ella le repetía una de las frases que había memorizado la noche anterior.
“Que se quede el infinito sin estrellas,
y que pierda el ancho mar su inmensidad,
pero el negro de tus ojos que no me deje
y el canela de tu piel se quede igual:
Me importas tu, y tu, y tu, y sólamente tu…”
Valeria se había decidido por Farid y había rechazando a Claudio, también él vecino, hijo de romanos, porque el primero era pariente de las almendras, de las avellanas y de las lunas rojas, mientras el segundo, del mondongo, las tripas y la pasta 'e faggioli que a Valeria le parecían muy pesados. Misteriosa irracionalidad de gustos: Farid tenía ojos de kibbe y Claudio de aceitunas sorrentinas y fue así como Valeria optó por el primero pues consideraba grasosas y carnosas a las aceitunas sorrentinas. Entonces Farid se encaramaba como un bandido por la paredilla sobre la batea del Patio de Ropa de su casa y la llamaba todito entusiasmado. Y ella, igualmente entusiasmada, se deslizaba con la pisinga sobre el caparazón de la morrocolla, hacía una mueca asqueada frente a los gusanos verdes-peludos del árbol de guanábana susurrando un "guácatelas" y haciendo uso de todas sus facultades motoras alcanzaba la cima del Cielo arriba de la batea. Allá, en el Techo del Mundo, él y ella se encontraban y comían galleticas Oreo que él sacaba de entre los bolsillos del pantalón. Galleticas Oreo húmedas. a las ciudades del Caribe llegaba desde tiempos lejanos el tío Sam que sentado en una banquita del Patio Trasero, vendía galleticas Oreo con CocaCola a los niños. Valeria y Farid se las comían juntos, y entonces allá arriba el aire perfumaba de narguilé a la canela.

AMINTA, ALFREDO Y VALERIA
La espera del hombre color Chocolatina Jet con su bú amarillo era uno de los momentos más emocionantes de la tarde de Valeria. Aminta le cambiaba el vestidito sucio de "estar en la casa" y le ponía uno de "estar en la calle" (pero que siempre le picaba... en el Trópico todo aquello que no es algodón, pica!) y hacía las 5:30 de la tarde ambas se sentaban en la punta de la terraza "art deco costeño" afuera de la casa. La apuesta consistía en predecir quien pasaba de primeras: por la derecha debía aparecer el carrito del pelao del raspao que era una especie de granizado con amibas y overdose de colorantes cancerógenos incluídos que producía un éxtasis indescriptible cuando se disolvía despacito en la boca y afuera habían 40 grados del todo topicales; por la izquierda, en cambio, debía aparecer otro pelao con un palo altísimo de madera lleno de huequitos y muchos pirulís de colores tropicales clavados en ellos. Los pirulís venían siendo algo así como una chupeta en forma de cono pero con niveles de azúcar tan elevados que pueden detonar un coma diabético mental y entonces despertar la más dulce de las sonrisas. Entonces las 5:32 de la tarde se volvían para Valeria el momento más complejo del día ¡porque una decisión siempre será una decisión y sus consecuencias siempre arrastrará! La elección se la concedía al Destino y empalagada de alegría lamía la bola de glucosa que Aminta le compraba al pelao que aparecía de primeras por esa casilla de la cuadrícula del Mundo Plano. Lo que no sabía era que estos caprichos le ayudaban a desarrollar su aparato inmunitario y esto ya la hacía más tropical que napolitana. Es de saber que el primer síntoma de un napolitano en Tierra Caliente era una diarrea quasi-eterna que impajaritablemente le duraba 4 días y lo dejaba más flaco, limpio y claro. " El italiano perfecto es el que se queda viviendo en la Tierra Caliente", decía después de unos Gin-Tonics la bien ponderada María Luisa, viuda de honorable inmigrante y seguidora de la Reina Madre de Inglaterra. “El amor se habla en español”, concluía sorbiendo el ultimo trago de Tanqueray.

VALERIA, GINA Y TOSCA
Gina tenía 17 años y dos maneras de peinarse el pelo. Cuando estaba por fuera de la casa napolitana los llevaba largos y lisos a la hippie y cuando estaba dentro, se los enroscaba alrededor del cráneo, como modelando greda para hacer una vasija y se los aseguraba con muchos, muchísimos ganchitos negros. Parecían una instalación post-modernista y a Valeria se le escurría la mandíbula del asombro cuando la veía aparecer con su toga en la cabeza para alisarse el pelo. También ella quería enroscarse su toga pero lastimosamente sus tres lanas en la cabeza todavía no le alcanzaban. María Concetta -Conchita para todos- y Franceschina -Franca para el resto- que eran sus otras dos tías junto a María del Pilar, la eterna novia española del tío Angelo, también tenían estas cascadas de pelo liso y Valeria quería hacerse grande sólo para llevarlo como ellas. Pero desistió a la idea de la grandeza cuando una tarde vió rodar por el piso de la sala del nonno napolitano las tripas del teléfono negro. Su tío Angelo y su tía Conchita peleaban por él y el susodicho, que era uno solo, trató de duplicarse hinchándose e hinchándose cada vez más. Al final, no logrando multiplicarse puesto que no era pez, estalló en mil fragmentos negros. Valeria quedó profundamente impactada cuando frente a sus ojos pasó girando la rosca de los números y entonces decidió quedarse encerrada toda la tarde dentro del closet de Gina. La tía chiquita logró hacerla salir usando la técnica hindú de las serpientes, o sea, poniendo el disco de los Beattles que más le gustaba: Yellow submarine. Así fue como Valeria se incorporó de nuevo al Mundo Cuadrado. Gina pertenecía a la primera generación de Beattles, y Valeria con sus dos años y medio, también. Ambas siguieron por la vida adorando las margaritas, creyendo que podían salvar al Mundo Cuadrado y votando en 1999 para que "Imagine" fuera declarada la canción del siglo XX.
Cuando la tía se arreglaba en su tocador para ir a la Universidad, Valeria se le sentaba allado y también se colgaba muchos collares y aretes fucsias, amarillos y anaranjados y más feliz que eso no se podía ser. Después se volteaba y pasaba el dedo por el antebrazo de Gina que tenía estampado un enorme estornudo de Chocolatina Jet, algo así como una Vía Láctea redonda llena de pecas y pequitas, a ver si se le caían, o al menos, se le mezclaban. Como eso no sucedía, terminaba dándole una lamida al pobre brazo de la tía a ver si sabían a Chocolatina Jet y Gina partía a Facultad a reunirse con Jung oliendo a Channel número 5 y babas. Tosca no se perdía un segundo de este emperifolle y con una pata apoyada al piso como un ancla y la otra doblada en el aire formando un ángulo de 90 grados, se inflaba de feminidad. A ella también le gustaban Jung y la chocolatina Jet.

TOTTI, RICOTTA Y BETTY
Apenas la tía se iba, Valeria salía junto a Tosca al Patio Infinito, aquel plano cartesiano donde se develaban una a una todas las verdades escondidas del Universo. El Patio Cuadrado de Tierra Caliente. Y entre las hojas de Plátano con las que Aminta envolvía los pasteles de arroz, Valeria se reunía con su grupo de amigos: Totti, alto-sabio e irónico, Ricotta, tierna-dulce y sonriente y Betty, flaca-silenciosa y mágica. Juntos exploraban los misterios de ese cuadradito de Paraíso enmarcados por las flores más lindas y ambientados por el canto de los pajaritos de colores y los loritos. "La casa del Papa está en Roma pero Papa Dios vive en Curramba, repetía Totti que usaba analogías para todo, mientras un chupaflor azul revoloteaba alrededor de ellos.
Se podía hablar de todo, absolutamente de todo hasta de la muerte del Cangrejo; los únicos temas tabú para los cuatro eran "Pinocho" porque los deprimía y les dañaba la tarde, y la "Tía de las taquicardias" en Napoli con sus hijas que sufrían el "síndrome de Cenicienta" que vivían convencidas de que los de esta parte de la Cuadrícula eran ricos y entonces... El nonno napolitano y la nonna napolitana decían que su primera nieta era chifloreta porque hablaba sola y se imaginaba amigos invisibles porque invisible era todo lo que no se podía ver y Totty, Ricotta y Betty no se veían. Valeria -en cambio- afirmaba radicalmente que si los nonnos no podían ver a Totti, Ricotta y Betty, quería decir que los invisibles eran ellos. Su primer silogismo. Tosca, Cavaligero, los gusanos verdes-peludos, las Bailarinas Naranjas y Farid podían verlos y eso quería decir que eran otros los del problema. Los dones no son conferidos por igual a todos... Hasta los ladridos que la chinche de la Cuky le dedicaba a sus amigos eran una buena señal que sí existían. Ser o no ser no era ningún problema. De todas formas hay que comentar que los tres amigos del Patio Cuadrado eran algo posesivos y celosos igualito que Cuky, porque apenas nació el hermanito peludo de Valeria, ellos no volvieron a buscarla más y la chinche de la pekinés ya no trató de morderla. Celos? Mejor despertarlos que sentirlos...

TOSCA
La fábrica donde trabajaba el papá barítono de Valeria se incendió de repente. Una nube de humo negro cubrió el cielo de Curramba mientras el de la Capital se cubría con el de la Negra Grande y los dueños de la fábrica de pinturas decidieron reconstruírla allá lejos. Valeria, su hermanito peludo nuevo y sus papás hijos de napolitanos fueron transladados velozmente a la "Nevera" y de esto no se habla acá porque hay eventos vitales que se deben vivir en silencio.
“Penso che un sogno cosí non ritorni mai piú,
mi dipingevo le mani e la faccia di blu…”
(Domenico Modugno)
La vida en el Patio Cuadrado continuaba casi inalterable, excepto por una ausencia: la morrocolla. Cavaligero no aparecía desde hacía muchos días, semanas, meses y Tosca, que no se tomaba en serio ni a si misma, empezaba a desarrollar una tendencia compulsiva hacia su monotema, su morrocolla.
Una mañana de verano, es decir cualquier mañana porque aquí todos los días son veraniegos, Tosca estaba a punto de reventar como el teléfono negro. No lograba estar en pie con una de las patas doblada en el aire formando un ángulo de 90 grados y la otra pata apoyada al piso como un ancla, tampoco se podía concentrar en sus lecciones de "italñolo". No se entretenía más chismoceando con las bailarinas naranjas ni correteando a los gatos malucos de los vecinos para alejarlos a picotazos. Sin Cavaligero la vida se hacía pesada: no tenía sentido y sin sentido la vida no se vivía. Entonces decidió abandonar esa vida y corrió al límite del Patio Cuadrado e Infinito, llegando a la gruta de la Vírgen de María Auxiliadora. Se encaramó en la paredilla como Valeria le había enseñado a hacer lo mientras las Bailarinas Naranjas le gritaban desesperadamente: "¡No lo hagas, no lo hagas!". Pero lo hizo. Brincó con todas sus fuerzas y a sus plumas blancas no les quedó otra que despertar la Memoria adormilada de Vidas Anteriores y hacer lo que sabían hacer antes de convertirse en pájaro casero de Patio Cuadrado. Entonces Tosca voló como toda una pisinga por los aires, seguida de un banco anaranjado de Bailarinas gritonas. Tosca emigró a los Manglares a darle un nuevo sentido a su vida y las Bailarinas se suicidaron porque sus vidas sin Tosca y Cavaligero no tenía ningún sentido.
“Qué llueva, qué llueva,
la vieja está en la cueva,
los pajaritos cantan,
la luna se levanta,
¡qué si, qué no!
¡Qué caiga un chaparrón!”


Daniela Violi ®
Roma, noviembre 2003
Viareggio noviembre 2004


CASTEL SANT’ANGELO
Ricordi d’infanzia di un’ italiana in terre Macondiane…
(Racconto pubblicato nella rivista letteraria de Lucca (Italia), www.sagarana.net (Numero 18 - gennaio 2005).

"Yo te amé con gran delirio,
y pasión desenfrenada,
(...) y te olvidé, te olvidé, te olvidé!"

TOSCA
C'era una volta, mica tanto tempo fa, in una bellissima città sui Caraibi chiamata Curramba, una stupenda e affascinante gru di nome Tosca che viveva felice-contenta nei confini della Tierra caliente. Trascorreva i suoi giorni libera e spensierata dentro un enorme Patio Quadrado, dietro una casa ugualmente enorme - quasi infinita - piena di stanze e di tanti immigranti napoletani ai cui San Gennaro faceva ogni tanto 'u Miracolo e piangevano la morte di Joselito Carnaval a febbraio ballando el Garabato* al Country Club, facevano il presepe napoletano a dicembre e las cumbias y porros musicalizzavano la casa tutto l'anno, e la Pastiera se la mangiavano pure a Pasqua ma l'arroz con pollo era obbligatorio il sabato a pranzo. Un corno rosso pendeva dal collo di ognuno di loro perché il malocchio, portato dalle visite annuali dello zio Pasquale messo insieme alle preghiere fatte da Aminta –tata millenaria- ed al Sant’Antonio capovolto per trovare marito…., potevano creare delle conseguenze imprevedibili. Quando si mescola la cultura de la telenovela con la cultura operatica sulla stessa pentola, viene fuori un bel minestrone!

Le giornate di Tosca trascorrevano spostandosi dalla Palma de Cera* all'arancio che produceva mini-palline nane e acide, passando per le gardenie e le bouganvillee viola. Il giro finiva felicemente alla grotta della Madonnina di Porto Salvo che era praticamente il confine del Patio, garantendole che non era cosí infinito come lei pensava. Patio Quadrado, come lo era pure la Terra Piatta circondata da draghi e mostri marini e la Piazza Buenos Aires a Roma.
E quando meno se l'aspettava, Tosca fu presa da un colpo per l'apparizione di Cavalpesante, la morrocolla o tartaruga gigante che dormiva nelle profondità del Patio, riscaldata dalla palla del Centro del Mondo.
"Mi amorcito que mi fai venire un ictus ogni volta que fai 'ste apparizioni sorprendenti! "-esclamava in perfetto italgnolo Tosca.
E lui, Cavalpesante, leggero di pensieri e pregiudizi, la osservava con i suoi occhietti di gola e quel gesto coinvolgente che solo le speci in via d'estinzione possono avere quando hanno deciso di lasciarsi andare.
Era un amore libero quello lì, basato sulla fiducia e l’attimo fuggente, come direbbero i relativisti del terzo millenio; si trovavano quando si dovevano trovare e si lasciavano nel momento in cui stavano meglio insieme. Nella giusta distanza si coglie il vero messaggio, come un quadro impressionista. La bellezza, nella lontananza.
Quando stavano insieme lui le raccontava dei suoi affascinanti viaggi nell'aldilà mentre lei gli descriveva come passava i pomeriggi dentro al salotto dei napoletani guardando con loro la tivù con una gamba appoggiata per terra come un' ancora e l'altra piegata ad angolo a 90°.
Risultava evidente che la gru fosse l'orgoglio della famiglia napoletana e Coockie, pecchinese perennemente arrabbiata, piú nera che rossa, s'arrabbiava ancora di più perché non c'é rabbia più grande di quello prodotto dalla gelosia.
Tutte le notti, Tosca imparava l'italiano con le trasmissioni della Rai che ascoltava in onda corta alla radio il papá napoletano ad occhi chiusi e con un gran sigaro in bocca. Tutti e due si facevano accarezzare i visi dalla brezza del mare caraibico respirando a bocconi la gioia di vivere…lí. Per Tosca continuava ancora ad essere un profondo mistero il perché delle stelle in cielo coprendo la casa dei napoletani a forma di tetto mentre il giornalista dava il “bongiorno" agli ascoltatori. “Il tempo qualche volta é uno stato mentale”, le avevano spiegato un giorno le ballerine arancioni della Grotta della Madonnina di Porto Salvo, che di tutto sapevano e, quando non lo sapevano, se l’inventavano.


AMINTA
Aminta era tutta rotonda e di color cioccolato fondente. Mangiava con le mani facendo montagnette di riso bianco che poi si portava in bocca. Faceva le pulizie di giorno a casa dei napoletani ma alle 7:00 di sera spariva misteriosamente camuffata dal colore del cielo e riappariva tutta contenta dopo. Subito apparecchiava per la cena: cotoletta fritta in olio di cocco con riso bianco e platanito maduro. Mamma napoletana l’aveva insegnato a preparare la caponata che “piú buona di cosí si muore” e tutti facevano la scarpetta con fette di bollo de maíz * quando la mangiavano. Da bere sempre c’era un bel sughetto di papaya, di corozo o níspero amalgamato con latte, zucchero di canna e ghiaccio. Ma tanto di quel ghiaccio! A papà napoletano gli si rizzavano gli ultimi 3 capelli che conservava in testa e gli urlava che il dolce non si mescolava con il salato, nè il Tropicale con lo Stivale, nè il bianco col nero, ma i figli napoletani a quel punto s’erano finiti di leccare le dita con el platanito maduro.
Tutti lo sapevano che Aminta aveva un "guagliòn" d’autista di nome Alfredo, pure lui cioccolato fondente. Tutti sapevano che passava con l'autobus pieno di gente che tornava a casa dopo il lavoro alla stessa ora. Tutti sapevano pure che c’era una sosta obbligatoria per farli salutare. Le persone che erano dentro quel "bù'" *dovevano aspettare 45 romantici minuti mentre Aminta ed Alfredo si riconfermavano i loro voti d'amore e fedeltà. Tutti salutavano ad Aminta quando scendeva bella contenta materializzandosi in donna dal Cielo e tornava a casa dei padroni stranieri a preparare la cena. A quel punto si sentiva pure la motocicletta rossa di Mark, el gringo , che stava parcheggiando a casa sua, la famiglia de los gringos di fronte ai napoletani. Sempre scendeva come una gazzella disaggrappandosi con l'uncino destro dal manubrio e fischiando una canzone dei Beattles. Quando era piccolo, a Natale, un petardo di quelli più pericolosi tra i fuochi d'artificio, gli aveva amputato la mano ma lui se ne fregava ugualmente e la vita se la continuava a divorare a morsi.
Una delle figlie piccole dei napoletani, Gina detta così per la Lollobrigida, lo spiava alle 7:00 di tutte le notti per la finestra e i suoi pensieri salivano in motocicletta rossa con uncino e gringo hippie.

TOSCA
Quando la morrocolla faceva le sue apparizioni a sorpresa ma frequenti nel Mondo Quadrato e Piatto di Tosca, scavava un piccolo buco di terra a modo di utero e partorendosi mille volte tirava fuori la testa con gli occhietti chiusi e la bocca sorridente e quel gesto coinvolgente che solo le speci in via d'estinzione possono avere quando hanno deciso di lasciarsi andare. Con un profondo sospiro s'integrava al Nuovo Mondo uscendo pian pianino ma veramente pian pianino dal buco.
“Chi va piano,
va lontano…
e forse arriva sano…”
Dopo aver salutato la splendorosa gru, s'avviava a ritmo tutto suo al patio de ropa dove Aminta gli teneva sempre un guineo *chiquito sbucciato, bello-maturo e se lo divorava questa volta veloce, prima che i vermi verdi-pelosi dell'albero di guanàbana, accanto, provassero a toglierselo. Tosca e Cavalpesante stavano insieme da una marea di tempo, tipo Aminta ed Alfredo e allora già tutti li consideravano coppia fissa e non ci provavano. Almeno così le dicevano a Tosca le ballerine arancioni della Grotta della Madonnina di Porto Salvo che di tutto sapevano e ciò che non sapevano, se l'inventavano. Questo era un dono conferito dal dio dei mulatti, Momo, alle persone che venivano battezzate in acque sacrosante sui Caraibi. Alla fine, era miscela tra genetica ed eredità.


VALERIA
“Quando sei qui con me
questa stanza non ha piú pareti
ma alberi, alberi infiniti.
Quando sei qui vicino a me
questo soffitto viola non esiste piú,
io vedo il cielo sopra noi che restiamo qui,
abbandonati come se non ci fosse piú niente al mondo”.
(Gino Paoli)
La figlia primogenita dei napoletani si era sposata quattro anni fa con il figlio di altri due napoletani, immigranti pure loro e allora i quattro erano diventati cummari e cumpari di quelli che giocavano insieme a “burraco” e facevano tornei di bocce e fondavano circoli d'italiani tra gli espatriati.
I due ragazzi si erano innamorati durante i preparativi di una comparsa per il Carnevale di Curramba: lui rappresentava l’Imperatore bello come il sole, baritono conquistatore di terre remote mentre lei era la dea piú strepitosa tra le dee: Minerva. Dea di artigiani, artisti e uomini di lettere. Il Pantheon respirava. E tra l’umido tropicale, le bouganvillee sui capelli, i sandali e centurioni e alcuni Whisky-CocaCoca-ghiaccio, lui e lei costruivano la Little Italy nel Tropico, un pochettino più in su della linea che divideva il Mondo in due parti. Per poco, mamma Minerva partorisce la figlia nelle acque accanto al Castillo de Santa Bárbara, quadrato lui, come non tutti i castelli. Era andata a prendere una boccata d’aria e quando arrivarono le altre acque, lo zio Angelo dovette fare una corsa per portarla dal dottore Parias. E così irruppe Valeria: due anni e mezzo, la “mitragliatrice” secondo la nonna, che scriveva dappertutto come un mantra la parola “Ley*”. La famiglia ed i vicini le avevano dato del “genio” alla bambina che scriveva parole complete ma ignoranti tutti nel non sapere che i genitori l’avevano lasciata rinchiusa in macchina tutta sudata per un paio d’ore mentre facevano la spesa al “Ley” e Valeria non aveva avuto altra scelta che guardare un punto fisso per non “perdere il centro”, facendolo diventare mandala! “Ley,Ley,Ley” e la mamma sognó per parecchi anni di avere la figlia avvocato!
La passione di Valeria erano i misteri immortalati sulla Enciclopedia Monitor e trascorreva ore e ore a fissare la foto di un castel rotondo simile alla torta del matrimonio della zia Dina con lo zio Dino, con un ponte accanto dove vivevano alcuni angeli e un fiume riempito d’acqua Eterna. Il papá di Valeria la lasciava tutti i pomeriggi dai nonni napoletani materni. Lei si faceva il viaggio dei due isolati nel Plymouth modello 1948 sempre in piedi per non perdersi di niente e non c’era forza umana per convincerla a sedersi. Aminta la aspettava tutta sorridente sul terrazzo con la povera e spiazzata Coockie, brutta come tre befane messe insieme perché tra più si odia, più si diventa brutte. E cosí la cagnolina sviluppava doppiamente una patologica gelosia. Una sera, approfittando del rumore della moto rossa di Mark el Gringo, le piazzò un morso bestiale; meno male Valeria era protetta dalle scarpine da tennis rosse a quadretti Croydon e allora Coockie dovette sputare un boccone di gomma.
Ma, quel giorno, le carte erano state giocate.

VALERIA, AMINTA E TOSCA
Valeria adorava Aminta e Aminta lo stesso a Valeria. Appena la bambina imparó a camminare, la tata la fece salire sopra i suoi piedi trasmettendole il piú profondo e ricco dei misteri: il ritmo mulatto. Un piedino sopra un piedone e l’altro piedino sopra l’altro piedone: Azucarrrr! * Si volevano talmente bene al punto di condividere i due più pregiati tesori di Aminta: la sua forchetta naturale -e così Valeria mangiava dalla mano cioccolato fondente d'Aminta tutti i cibi- ed Alfredo, salendo pure lei alle 7:00 di notte sul "bù'" per salutare l'autista. Era l'unica che sapeva per davvero il contenuto delle chiacchiere tra Alfredo e Aminta e così quando Farid, il suo fidanzato di tre anni e mezzo della casa dei turchi, la fischiava dal suo Patio de ropa, lei ripeteva una delle frasi imparate la notte prima.
“Qué se quede el infinito sin estrellas,
y qué pierda el ancho mar su inmensidad,
pero el negro de tus ojos que no me deje
y el canela de tu piel se quede igual:
Me importas tu, y tu, y tu, y sólamente tu…”
Valeria aveva scelto Farid respingendo Claudio, pure lui vicino, figlio di romani, perché il primo era parente delle mandorle noci e lune rosse, ed il secondo della trippa, la pajata e la pasta 'e faggioli che Valeria considerava troppo pesanti! Insomma, l'irrazionalità delle scelte: Farid aveva occhi di kibbe e Claudio di supplí e la decisione era stata presa così. Allora Farid s'arrampicava come un latitante nel lavandino del patio de ropa di casa sua e la chiamava tutto contento. E lei, pure tutta contenta, saltellava con la gru sopra il guscio della morrocolla, gesticolava schifata davanti ai vermi verdi-pelosi dell'albero di guanàbana e con un gran sforzo motore raggiungeva la cima del muro. La cima del cielo. Lassú, nel tetto del Mondo, si trovavano per mangiare i biscottini Oreo che lui tirava fuori dalla tasca dei pantaloni, belli caldi e molli.
Nelle cittá sui Caraibi arrivava da tempi lontani lo zio Sam che seduto su uno sgabuzzino nel Patio Posteriore, persuadeva ai bambini a mangiare i biscottini Oreo con la CocaCola. Valeria e Farid li prendevano insieme e l'aria tra le nuvole profumava di narguilé alla mela verde.


AMINTA, ALFREDO E VALERIA
L'attesa dell'uomo color (e sapor) cioccolato fondente con il suo "bù' "giallo a modo di “confezione Colomba Pasquale” era il momento più emozionante del pomeriggio di Valeria. Aminta gli cambiava il vestitino sporco dei giochi e le faceva indossare uno più bello (ma che sempre grattava tremendamente... al tropico, tutto ciò che non é cotone, pizzica!) e verso le 5:30 del pomeriggio si sedevano in cima al terrazzo della casa “art deco costeña”. La scomessa era indovinare chi passava per prima: da destra doveva apparire il carretto dell'ometto del raspao che sarebbe una specie di granita con amebe e colorante cangerogeno inclusi e da sinistra, un altro ometto con un gran palo a buchetti tra le mani e i pirulì inchiodati lì. I pirulì potrebbero intendersi come delle enormi lecca-lecca appiccicosi a forma di cono e pure loro con altre sostanze che sviluppano l'apparato immunitario di chi le prende. Allora Valeria nell'imbarazzo della scelta, finiva per prendere il dolce che appariva per primo, alle 5:32, in questo Mondo Piatto fatto a quadrati. La bambina non sapeva che con tale atto, fortificava il suo apparato immunitario così diventando così piú tropicale che napoletana. Bisogna dire che quando un napoletano arriva al Tropico, viene iniziato con una indimenticabile diarrea di quattro giorni eterni. “Perfetto diventa il napoletano che rimane nel Tropico”, accennava dopo alcuni Gin-Tonics la mitica doña Maria Luisa, vedova di napoletano e seguace della Regina Madre d’Inghilterra. “L’amore si parla in spagnolo”, e finiva l’ultimo sorso del Tanqueray.




VALERIA, GINA E TOSCA
Gina aveva 17 anni e due maniere di portare i capelli. Fuori casa erano lunghi e lisci alla hippie e dentro casa se li arrotolava attorno al cranio, come modellando una ceramica e li sosteneva con tante -ma tante!- mollette. Sembravano un'istallazione postmoderna e Valeria sbavava a vederla con la sua toga in testa allisciandosi i capelli. Anche lei voleva farsi questa toga ma purtroppo le tre lane che aveva in testa non gli bastavano per il momento. Maria Concetta e Franceschina, le altre due zie e Maria del Pilar, la ragazza spagnola dello zio Angelo, avevano pure queste cascate di capelli e lei voleva farsi grande solo per portarli come loro. Ma grande non voleva diventare dal momento in cui vide le trippe del telefono nero di casa del nonno napoletano rotolare per terra quando lo zio Angelo e la zia Maria Concetta discutevano per i turni. Uno dei due disse che il telefono era di proprietà sua e l'altro ribadì che era del tutto falso ed il telefono, che era uno solo, provando a raddoppiarsi, si gonfiò e gonfiò e alla fine, non riuscendo a moltiplicarsi -perché non era né pane né pesce- scoppiò in mille frammenti neri. Valeria rimase profondamente colpita quando davanti ai suoi occhi passò rotolando il cerchio dei numeri e restò rinchiusa nell'armadio di zia Gina tutto il pomeriggio. Zia riuscì a farla uscire usando la tecnica orientale dei serpenti, quindi, con musica e Yellow Submarine la riportò al Mondo Quadrato. Gina apparteneva alla prima generazione dei Beatles e Valeria, stranamente perché solo ne aveva due anni e mezzo, pure.
Quando la zia doveva andare all'Università si sedeva davanti allo specchio per prepararsi. Valeria lo faceva accanto a lei e si mettevano addosso una marea di collane e orecchini di colori e più felici di così non si poteva essere. Allora la bambina si girava e fissava un cerchietto di lentiggini che la zia aveva nell’avanbraccio, tipo Via Lattea. Zia Gina le rispondeva che era uno sternuto di cioccolata fondente e Valeria non del tutto convinta, leccava le lentiggini! Cosí, zia partiva in Facoltá a trovarsi con Jung profumata di Chanel numero 5 e bave. Tosca, con una zampa per terra ad ancora e l'altra per aria in angolo a 90°, l’osservava dalla porta. Pure a lei piaceva Jung e la cioccolata fondente.


TOTTI, RICOTTA E BETTY
Appena zia Gina partiva all'Università tutta colorita e liscia, Valeria usciva con Tosca al Patio Infinito, quel piano cartesiano dove si svelavano una a una tutte le verità nascoste dell'Universo. Nel Patio Quadrado fatto di Tierra Caliente. E tra le enormi foglie di plàtano con le quali Aminta copriva los pasteles* de arroz, Valeria si ritrovava con il suo gruppo d'amici: Totti, alto-saggio e ironico, Ricotta tenera-dolce e sorridente, Betty magra-silenziosa e magica. Esploravano insieme i misteri di quel quadratino di Paradiso incorniciato dai fiori più belli ed il canto degli uccellini e loritos* di colori. Si poteva parlare con loro di tutto, assolutamente di tutto, tranne che di Pinocchio, argomento vietato perché a molti di loro veniva la depressione con quella storia e della zia delle tachicardie a Napoli insieme alle figlie tipo Cenerentola che pensavano che il nonno si fosse “fatto l’America” e si specializzavano nel raffinato arte dello spollamento. Nonno napoletano e nonna napoletana dicevano che Totti, Ricotta e Betty erano invisibili –contrariamente alla zia malata di cuore con le figlie che, anche se lontane, si vedevano troppo- e invisibile era tutto ciò che non si vedeva. Ma Valeria capiva perfettamente che gli unici che non potevano vederli erano i nonni, cosa che la portava a pensare che forse gli invisibili fossero loro. Tosca, Cavalpesante, i vermi verdi-pelosi, le ballerine e Farid ci riuscivano quindi il problema ce l'avevano gli altri. Perfino quella fetente di Coockie abbaiava ai suoi tre amici e questo già era un buon segno. Comunque bisogna dire che loro erano amici gelosi e possessivi come la Coockie perché appena nacque Giuseppe, il fratellino di Valeria, non tornarono più a giocare con lei e la pecchinese non provò più a morderla. Gelosia? Meglio svegliarla che sentirla…


TOSCA
Il capannone dove lavorava il papà napoletano di Valeria s'incendiò d'un colpo. Una nuvola di fumo nero coprì il cielo della città tropicale e così i padroni della ditta di vernice decisero spostare e rifare tutto nella capitale. Valeria, il fratellino nuovo ed i genitori napoletani partirono velocemente e di questo non si parla ne approfondisce perché ci sono eventi vitali che si devono affrontare in silenzio.
“Penso che un sogno cosí non ritorni mai piú,
mi dipingevo le mani e la faccia di blu…”
(Domenico Modugno)
La vita nel Patio Qradrado continuava quasi inalterabile, tranne per una strana assenza: la morrocolla. Cavalpesante non appariva da giorni, settimane, mesi; proprio non appariva più e Tosca che non si prendeva sul serio nemmeno a sé stessa, iniziava ad avere un monotema in testa: la morrocolla.
Una mattina di estate, dunque una mattina qualsiasi perché là tutti i sacrosanti giorni dell'anno erano estivi, Tosca stava scoppiando come il telefono nero. Non ce la faceva più a tenersi in piedi con una zampa per aria a 90° e l'altra per terra a modo di ancora e non ce la faceva più a imparare il perfetto italgnolo. Non trovava più gusto a sparlare con le ballerine arancioni, nè a prendere a beccate i gatti cattivi dei vicini che s'arrampicavano sul muro nelle notti fatte di cioccolato fondente. Senza Cavalpesante la vita si faceva davvero pesante: aveva poco senso e senza senso la vita non va vissuta. Allora decise di lasciare quella vita e corse al confine del Patio Infinito, sulla grotta della Madonnina di Porto Salvo. S'arrampicò sul muro della grotta, come Valeria glielo aveva insegnato a fare, mentre le ballerine le urlavano disperatamente "non farlo, non farlo". Ma lo fece. Saltò con tutte le sue forze: le sue penne bianche svegliarono la Memoria addormentate di Vite Anteriori e ricordarono ció che sapevano fare prima di diventare uccello casalingo di Patio Quadrado. Allora Tosca volò come una gru per aria e mille ballerine arancioni saltarono dietro di lei. Tosca partì a los manglares*a dare un nuovo senso alla sua vita e le ballerine si suicidarono perché la loro vita senza Tosca e Cavalpesante non aveva più senso.
“Tutti i Romani giocavano a palla
Con Apelle figlio d’Apollo,
che fece una palla di pelle di pollo.
Tutti i pesci vennero a galla
a vedere la palla di pelle di pollo,
fatta da Apelle, figlio d’Apollo.”

Daniela Violi
Roma, novembre 2003
Viareggio, novembre 2004



Parole particolari usate nel racconto:
*Garabato: Ballo tipico del Country Club di Barraquilla - Colombia durante il Carnevale. Gli uomini indossano cappelli alti tappezzati con fiori colorati e camicie ricamate. Le donne portano gonne nere lunghe e ampie con ricami verdi, gialli e rossi, i colori della bandiera di Barranquilla. La canzone ballata é “Te olvidé”. Ogni club, circolo, rione, quartiere o gruppi d’amici organizzano “las comparsas” per festeggiare insieme, sempre mascherati, tutto il mese del carnevale. Alla fine, avviene la “muerte de Joselito Carnaval” come simbolo della fine dei festeggi. “El Carnaval de Barranquilla” é stato dichiarato dall” Unesco nel 2004 Patrimonio Orale ed Intangibile dell’Umanitá”.
*Palma de cera: Albero insegna della Colombia.
*Bollo de maíz: involtino fatto con farina di maíz, acqua e burro e ricoperto in foglie di plátano. Vengono venduti da las “palenqueras” che per strada gli portano sulla testa dentro una grande ciotola urlando “¡Bollo!”.
*Bù': Il “Bus” viene pronunciato dai nativi dei Caraibi "bù" perché mangiano la "s" finale quando parlano.
*Petardo: Tipo di fuoco d’artificio.
*Guineo: Nome con cui si chiamavano le banane quando erano portate dalla Guinea.
*Lorito: Pappagallo piccolo.
*Ley: Usato al maschile, é il nome di un magazzino; al femminile, significa “legge”.
*Azúcarrrr: esclamazione usata dalla cantante di salsa cubana Celia Cruz.
*Pastel: Piatto tipico della costiera Atlantica colombiana, fatto col riso, pezzi di maiale e pollo, patate e piselli, avvolto in foglie di banana verde.
*Manglares: Vegetazione umida tipo pantano della costiera nord colombiana dove gli schiavi africani scappavano e costruivano los “palenques” o palafitte. Da lí il termine “palenquera”.
(Corretto da Giulio de Fiore)

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